Estaba tumbada en una esterilla en el césped que rodeaba a la piscina comunitaria, los niños estaban muy entretenidos con sus amigos bañándose. No sabía por cuanto tiempo iba a “disfrutar” de la lectura del libro que suelo llevar en la bolsa. Cuando lo saqué no pude evitar sonreír al preguntarme que pensarían mis vecinos si se acercaban y me preguntaban qué libro estaba leyendo… El título es “El Dios olvidado: cómo revertir nuestra trágica desatención al Espíritu Santo”, así que me imaginé explicándoles: “estoy leyendo un libro sobre la tercera persona de la Trinidad…” . Bueno … ya saben que somos una familia algo “rara” y cómo dice el título de otro libro: mejor ser “Raros, porque lo normal no está funcionando”. Pues estaba leyendo el libro y me encontré con el siguiente párrafo:
“La Iglesia ha de ser un hermoso lugar de comunidad. Un lugar donde se comparta la riqueza y donde, cuando uno sufre, todos sufren. Un lugar donde, cuando uno se regocija, todos se regocijan. Un lugar donde cada uno experimente verdadero amor y aceptación en medio de una gran sinceridad acerca de nuestro quebrantamiento. Sin embargo, la mayor parte del tiempo eso ni siquiera se acerca al modo en que describiríamos nuestras iglesias” (Francis Chan en su libro: “El Dios olvidado”).
Dejé de leer y oré porque yo sí quiero formar parte de una iglesia así…

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